Prácticas pastorales en contextos escolares

Por Marcelo Neira D.


Se dice que la Ley de Inclusión en Chile, promulgada en 2016, ha tocado el corazón de la educación particular subvencionada por su famosa consigna de fin al lucro, a la selección y al copago. Pero eso ha sido lo más mediático porque uno de los principales componentes de la ley es la importancia del proyecto educativo institucional (PEI). 



El PEI es como la huella digital de cada colegio, donde señala sus principios y propósitos fundamentales. Este instrumento ayuda a comprender que toda educación es pública y particular a la vez, independiente de quien la provea. Es pública porque tiene un sentido público, en tanto derecho social, y es particular porque cada colegio puede hacer un aporte al bien común desde una particularidad determinada, como signo de la diversidad sobre la cual se sustenta la convivencia social.

Esta particularidad está declarada en el PEI. Entonces para el caso de los colegios católicos, ese adjetivo “lo católico” debe entenderse como un enfoque educativo a partir del cual la escuela hace su aporte al bien común, representando de esa manera la sensibilidad de una parte importante de la población y cuyo desafío es saber dialogar cívicamente en un contexto de pluralidad cultural, desde una comprensión cristiana de la persona y de la sociedad.

Un camino privilegiado que tienen las escuelas católicas para desarrollar su PEI, con esta especificidad de lo católico como aporte al bien común, es la pastoral. La llamada pastoral educativa tiene muchas formas y expresiones. Independiente de esta diversidad, que responde al modo como cada colegio la gestiona en función de su contexto, existen algunas prácticas más o menos generalizadas que pueden observarse o proponerse para orientar con acierto la pastoral en los términos aquí planteados.

El acompañamiento personal

1. La vida en comunidad
2. Itinerarios cortos
3. Lugar de la síntesis creyente
4. Hitos celebrativos cohesionantes
5. Sensibilidad por la justicia

Es casi un patrimonio de la vida pastoral de la iglesia la experiencia de un acompañamiento personalizado que indaga sobre la dimensión y vivencia espiritual de las personas. En el contexto de cualquier colegio donde la masificación mediada por los estándares evaluativos está a la orden del día, el acompañamiento puede tratarse de un servicio disponible para honrar la singularidad y el modo como cada persona se hace consciente y responsable de sus propios procesos vitales.



A diferencia del grupo curso reunido en un aula que suele responder más a una lógica academicista, la comunidad es una práctica asociativa más reducida y de relaciones más dinámicas. Es un espacio que en la práctica busca formar en la fraternidad, liberando a las personas del individualismo y la masificación. Por definición, permiten que los miembros sean más protagonistas de su proceso formativo y el tono de los encuentros siempre apunta al compartir la vida para lograr aprendizajes de la propia experiencia que conecten con sentidos más profundos

La pastoral también supone procesos formativos, pero en su diseño debe considerarse una dualidad interesante: tales procesos deben tener pertinencia educativa y curricular, es decir, estar en sintonía con todo lo que pasa en la escuela, pero no puede ser un proceso escolarizado en el sentido que responde a otra lógica, distinta a la del currículum formal. Por eso hoy es más realista plantear itinerarios cortos a los cuales las personas puedan acceder libremente. Además los itinerarios de formación de la fe no pueden ser exhaustivos. Deben ser catalizadores de otros procesos, ser dinámicos y progresivos, pues se trata de ir respondiendo a las búsquedas de las personas.

En comunidad y de acuerdo con itinerarios cortos, los encuentros deben ayudar a las personas a realizar su propia síntesis creyente de los saberes y experiencias que circulan en la escuela. Todo ello aprovechando las sagradas escrituras como punto de referencia y fuente de sabiduría. La experiencia de síntesis ayuda al desarrollo de la formación integral y también, entre tanta información y estímulos propios de la cultural escolar, este espacio propicia el aprendizaje significativo porque refuerza las habilidades del pensamiento, relación de datos y apertura a nuevas convicciones. 



Es común que los colegios tengan este tipo de agenda de celebraciones que fortalecen la cultura escolar. La idea es no perder nunca de vista el sentido de la fiesta, el lenguaje simbólico, la belleza de los momentos. El factor de la alegría y el disfrute deben ser claves importantes en su preparación y desarrollo, pues muchas veces estos hitos resultan ser convocantes a otros espacios y experiencias dentro de la planificación pastoral. El factor celebrativo es también la oportunidad para festejar los acontecimientos propios de la escuela con un sentido siempre abierto a lo trascendente.
Desde el ámbito pastoral, los colegios suelen emprender acciones solidarias de diversa índole que involucra de modo muy entusiasta la voluntad de estudiantes y apoderados.  Es importante resguardar en esta gestión que las acciones conecten con los procesos curriculares y la dinámica espiritual que el colegio busca encauzar según sus opciones y carisma. Este tipo de iniciativas favorecen el desarrollo de la sensibilidad social de las personas, la ciudadanía fraterna, el diálogo entre la fe y las necesidades del mundo, reconociendo el amor cristiano como una expresión situada y contingente.

Al cierre una nota importante. Estas prácticas no son recetas, requieren un replanteamiento general de los colegios católicos respecto del proceso de animación pastoral. Esto implica también revisar y procurar las competencias necesarias de los educadores que están a cargo para sacar la pastoral de su inercia y situarla como experiencia articuladora de la identidad católica de los colegios. ©