Cómo surfear el Burnout docente
Por Carolina Román Torres
El Síndrome Burnout viene del inglés que significa quemado, fundido. Este síndrome es un tipo de estrés laboral, un estado de agotamiento físico, emocional o mental que tiene consecuencias en la autoestima y se caracteriza por ser un proceso progresivo, en el cual las personas pierden paulatinamente el interés en sus tareas, el sentido de responsabilidad y pueden llegar hasta profundas depresiones.
“Elige Educar” realizó un estudio
publicado en junio de 2018 que muestra entre otros datos que el 50% de los
docentes sufren del síndrome de burnout. ¿Cómo fue que se llegó a esta cifra
tan alta?
Cada persona tiene diferentes
límites o niveles de tolerancia, es decir, soporta mejor o peor una misma
situación por lo que no es posible medir con la misma vara el estrés que
produce la misma situación en diferentes personas.
Para poder responder a estas
preguntas es prudente revisar no solo factores personales externos (familia,
imprevistos), sino también los internos (estado de ánimo, salud) observando las
dos cara de la moneda.
En general las personas
estresadas no se dan cuenta de su estado hasta que la situación estalla en una
enfermedad o en ocasiones intentan resolver sus problemas solitariamente y sin
ayuda, con resultados inciertos.
¿Quién no ha tenido la sensación
de estar “escuchando la misma canción
desde hace tiempo”? Cuando el tema parece un disco rayado es buen momento
de parar la música y hacer algo diferente.
Ese “parar la música” significa levantar
una alerta y tiene infinitas variaciones. Hablar con alguien confiable,
recurrir al médico, tomarse un tiempo extra para discernir qué está pasando,
con todas las combinaciones posibles. Lo importante es detener el ritmo de la
rutina cotidiana.
¿Qué hacer para no “quemarse”?
Uno de los estresores más
habituales en el campo de la docencia es perder de vista el impacto del
esfuerzo didáctico, sentir que lo que se está haciendo no tiene el efecto
deseado (“¿Lo hago mal?”).
Una vez que aparecen esas dudas puede iniciarse un
viaje prolongado hacia la incertidumbre y comienzan los cuestionamientos
internos. (“¿Qué tengo que hacer?; ¡Voy a insistir hasta que cambien!; ¡No
llego a tiempo!”).
En realidad, la técnica didáctica más perfecta y precisa planificada con esmero puede no resultar en ese momento, porque la disposición al aprendizaje es volátil y depende de muchos factores que el docente no puede controlar.
Si el plan A no funciona, habrá
que pasar al plan B y luego al C hasta que el acople mágico entre la estrategia
docente y la toma de conciencia del aprendizaje se encuentren y encajen
suavemente.
Hay pequeñas cosas que se pueden
hacer todos los días y que pueden ayudar a trabajar más saludablemente. ¿Cómo? ¡Jugando!,
sí jugando, pero no de cualquier manera, jugando para cambiar la dirección,
retomar el control o bien usando un poco de humor de manera de volver a retomar
la atención.
El humor sirve para retomar la dirección,
la atención, para buscar complicidad, para relajar el cerebro, para captar la
atención y bajar las defensas. Después de un momento de distensión, con un poco
de humor estarán todos en otra disposición y la situación educativa fluirá más
fácilmente.
Usar el humor o hacer un pequeño
juego improvisado de no más de cinco minutos con reglas claras, ayuda a salir
de la situación de estancamiento.
El primero que debe atender esta
situación es el adulto, para eso se necesita reconocer lo que sucede y ser realista:
“Se me está escapando esta situación”.
Luego hay que actuar. Quien ha
viajado en avión sabe que frente a una despresurización, al caer la mascarilla el
primero que debe tomar aire es el adulto, para luego poder ayudar a los niños y
ancianos. En la sala de clases es igual.
La intuición del docente, su
radar emocional, es el principal recurso para “darse cuenta” cuándo es el
momento de cambiar una situación tediosa, fastidiosa o simplemente aburrida,
cortando la dinámica de la sala con algún pequeño momento lúdico que divierta a
todos, comenzando por el docente. ©

