Navidad, religión y escuela.

Por Marcelo Neira D.


El hecho de que la Navidad coincida con el término del periodo escolar es un dato interesante, ya que para muchos supone ese momento (y secreto deseo) en el que la vida les recompensa por el esfuerzo desplegado. La navidad está teñida de esta expectativa y de otras variables culturales. Habría que optar si mirar esto como algo que opaca su real sentido religioso o si el misterio de la fe también se sirve de todos los ingredientes mundanos que las sociedades adoptan para celebrarla.


Navidad con sentido


Se hace común en esta fecha observar el debate respecto del “verdadero sentido de la navidad” como algo que merece ser rescatado. La tarea parece fácil. Celebrar el nacimiento de Jesús, quien encarna en nuestra historia todo lo buena y bella que la humanidad puede llegar a ser. La iglesia católica impuso este sentido a una fiesta pagana de antaño en que se veneraba al dios sol y al cambio de estación. Los Estados la establecieron como feriado (gracias a Dios) y el mercado, como siempre, cooptó esta tradición tiñéndola con un escandaloso frenesí consumista.

Como sea, ese verdadero sentido no puede emerger con campañas ocasionales cuando la fecha se acerca y las tiendas se abarrotan de novedades. Tal rescate dependerá siempre de una constatación clara: si cada persona se comprende a sí misma como un ser religioso, independiente de si se identifica o no con alguna tradición religiosa. Y esta comprensión depende, a su vez, de la formación religiosa que haya recibido, tanto en la casa como en la escuela. Lo primero supone un contexto muy complejo de analizar por la diversidad de creencias familiares, y lo segundo merece algunas líneas, pues la enseñanza religiosa escolar está viviendo tiempos de crisis por varias razones.





La religión como saber pedagógico


A nivel normativo las escuelas se aprestan para recibir una mayor diversidad de alumnos, dado que hay nuevas reglas del juego por la Ley de Inclusión y porque las familias no tienen dentro de sus prioridades elegir una escuela por su proyecto educativo, sino que priman otras motivaciones. A nivel cultural se dan tres fenómenos interdependientes: el avance de la secularización por lo que las personas cada vez más prescinden de la religión; también se da una suerte de diversificación del hecho religioso, es decir, que hoy la gente cree de modos muy diversos y en muchos referentes; y por último existe una fuerte desafección tanto de las tradiciones como de las instituciones religiosas por lo que las personas deciden creer a su manera sin suscribir a ninguna mediación en particular.

Todo indica que la religión no desaparecerá, sino que se complejizará y una de las certezas que este fenómeno ha revelado pasa por una definición antropológica clave: la persona humana es intrínsecamente religiosa. A partir de esta premisa cabe preguntarse si la escuela es el lugar propicio para el despertar y cultivo de esta realidad inherente del sujeto y, de ser así; cómo debería ser esta formación religiosa de tal modo que conecte con las inquietudes de las personas y los otros saberes que circulan en la escuela para asegurar la tan buscada “educación integral”, como lo consigna el artículo 2 de la Ley General de Educación. 

La enseñanza de la religión no tiene que ver, necesariamente y para todos los casos, con la transferencia de ciertos conocimientos y prácticas ligadas a una tradición específica. Eso es resorte de los credos particulares. Habría que preguntarse qué tipo de enseñanza religiosa es pertinente para el sistema educativo, comprendiendo que toda la educación tiene un sentido público porque hace un aporte al bien común. Además, el saber religioso debe ser también un saber pedagógico que permita a cada estudiante profundizar en el desarrollo de su propia espiritualidad, con o sin tradición religiosa.


Amor que emerge desde los márgenes de la historia


Lo propiamente religioso, independiente de las instituciones que lo encausan, implica el despertar, cultivo y despliegue de la esencia más profunda de la persona. No se trata de un intimismo desconectado de la realidad, sino  de una ampliación de las fronteras de la propia identidad que permite ver las luces y sombras de lo cotidiano con un sentido abierto a la trascendencia, dándose la posibilidad de habitar en el misterio de las cosas y renovar las relaciones desde las coordenadas del amor y de la paz.






Entre tantas distracciones, esta fecha siempre será una oportunidad para que cada persona reflexione sobre su ser religioso, aquella experiencia de re-ligación con los otros, con la creación y con lo más propio de ser humano, incluyendo la creencia en un Dios Padre con corazón de Madre, universo y entraña espiritual. Esto no será posible sin el sustrato de la enseñanza religiosa. Con esta claridad, cada regalo no será ya más una formalidad hedonista, sino un vehículo propicio para comunicar el amor cálido que comenzó a irradiarse hace siglos desde un pesebre oscuro, en una aldea lejana.




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